Los monumentos conmemorativos tienen una función principal:
Hacer inolvidable un suceso, un evento, una persona. Y una segunda función que le
sigue instantáneamente: Transmitir un mensaje concreto sobre el valor de este
recuerdo.
Como obras artísticas los monumentos nunca son neutrales ni
objetivos, suelen influir de una u otra manera al espectador. Por esa razón es
muy importante contextualizarlos, aparte de observarlos.
Como ejemplo tengo al monumento conmemorativo de los cazadores
de Goslar, que formaba parte del décimo batallón de los cazadores de Hannover,
en Alemania. Esos cazadores no destacan en nada especial, excepto que lucharon
en varias guerras, incluyendo las dos guerras mundiales.
Lo que me lleva a elegir justo a este cuerpo militar es su
monumento, construido en un pueblo alemán llamado Goslar, en 1926. Ocho años
había pasado tras el fin de la primera guerra mundial (por entonces “La gran
guerra” o “La guerra mundial”). La peor fase de la crisis económica de la joven
república había finalizado con el tratado de Locarno (1925), y el año pasado
había sido elegido el viejo general de la primera guerra mundial, mariscal
Hindenburg, como segundo presidente.
Empezaba sobrar dinero para monumentos, y tanto la elección de
Hindenburg, al quien se consideraba un héroe victorioso, como el sentimiento de
humillación de los nacionalistas alemanes (hace pocos años habían ocupado
franceses y belgas la zona industrial de la Ruhr) no adormecían los recuerdos
de la gran guerra. Es más: Tanto los nacionalistas como el mismo ejercito
habían difundido la leyenda del cuchillo (Dolchstosslegende): Alemania no
perdió la guerra por razones militares, sino porque socialistas y comunistas
los habían traicionado. En realidad obligó tanto la entrada de la fuerza
militar estadounidense y el derrumbo total de la economía controlada por el
ejército a Hindenburg y el alto mando militar, pedir primero tregua. Pero eso
se prefería dejar a parte en la posguerra.
Ciudadanos de Goslar y antiguos veteranos, la sociedad
“Kameradschaft Goslarer Jäger”, reunieron dinero para pagar tanto al arquitecto
Kart Elster (de Dessaau) y los esculptores Hans Lehmann-Borges (de Neuruppin) y
Walter Volland (de Goslar). Querían algo que recordaba a los cazadores de
Goslar, como soldados nunca vencidos, quienes lucharon limpios y gloriosos.
¿Quién no quiere recuerdos semejantes?
El monumento impresiona por sus dimensiones, en el centro una
estatua de 2,5 metros
de altura de un soldado, y en letras doradas “Para los caídos de los cazadores
de Goslar” (Den gefallenen Goslarer Jägern). El soldado está en postura
preparada, a punto de atacar, con el arma en manos, y una mirada severa.
En fin: Ese monumento no da la sensación que Alemania habría
perdido la primera guerra mundial, y en vez de recordar con tristeza la muerte,
se transmite un mensaje de glorificación de la muerte de soldado. Habitual en
los años de la posguerra, un sentimiento que nunca fue silenciado entre 1918 y
1933. Se quería olvidar la sucia guerra de las trincheras, donde realmente lo
decisivo fue la artillería, incluso los primeros tanques y aviones, pero no la
infantería.
Se nota un cierto cambio con la pierda puesta en el suelo,
justo delante de la estatua. Allí hay un guirnalda funeraria, y repite el
mensaje (A los caídos de los cazadores de Goslar durante la segunda guerra
mundial 1939 – 1945 – Den im zweiten Weltkriege gefallenen Goslarer Jägern 1939
– 1945). Sin embargo, al contrario del monumento anterior, no destaca, no salta
a la vista (hay que subir a la altura de la estatua para leerlo), se tiene una
actitud más humilde, vergonzoso. Sea porque la segunda guerra mundial fue una
derrota total, sea por los actos cometidos por el ejército alemán.
![]() |
¿Dos guerras mundiales? Bah, ¡hemos luchado en más! ¡Nos debemos recordar de esas hazañas! |
Eso tiene sentido por una placa de pierda informa en letras
doradas, con los escudos de la república federal y de los cazadores de Goslar, que
está colocada de forma bien visible al lado del monumento. En esta placa se
informa al interesado de todas las batallas importantes en las que han luchado
los miembros de esos cazadores. La guerra de los siete años (1756 – 1763),
Gibraltar (1779 – 1783), Waterloo (1815), Francia (1870 – 1871)….esos en letras
grandes, cuando lucharon en el bando perdedor se ha preferido una letra más
pequeña (Dinamarca (1848), Langensalza (1866)).
Y allí se queda. Esta pierda, de 1953, recuerda el lejano
pasado glorioso en letras de oro, cuando lucharon en numerosas batallas
importantes. Y el monumento de 1926 al menos recuerda que murieron
aparentemente como héroes. De la segunda guerra mundial apenas se habla.
Lo que quiero decir con esto es que se observa la clara
subjetividad de los monumentos conmemorativos. En ese caso se prefiere recordar
al soldado uniformado de 1914. Pero ya desde 1915 usaban todos los soldados
alemanes, también los cazadores de Goslar, un uniforme gris, mejor para la
lucha en las trincheras. Esa parte negativa, que recuerda a las enfermedades y
las muertes en ataques militarmente sin sentido, no se quiere recordar.
Y los caídos de la segunda guerra mundial se recuerda
avergonzado, escondido, se prefiere colocar una placa bien visible para inmortalizar
“Que antes, si, ¡antes lucharon, ganaron, dignos!”. El tema nacionalsocialista,
eso se omite, se silencia.
Y así, alguien que solo mira sin quedarse a pensar, recordara a
los cazadores de Goslar como unos buenos soldados, que valientemente lucharon
en numerosas guerras. Ignorando el lado negativo, la crueldad de la guerra, que
nunca es tan digno ni glorioso como las letras doradas y la estatua viril nos
quieren hacer sugerir.
Imprimir artículo
0 Kommentare:
Publicar un comentario